martes, 10 de julio de 2007

Wanted!!


Puede que los llamen «La Guardia de Palacio», o «La Guardia de la Ciudad»
o «La Patrulla». Sea cual sea el nombre, su función en cualquier obra de fantasía
heroica es siempre la misma: más o menos a la altura del capítulo Tres
(o a los diez minutos de empezar la película) entran a saco en una habitación,
van atacando al héroe de uno en uno, y mueren por orden.
Nadie les pregunta nunca si es eso lo que quieren hacer.
Este libro lo dedico a esos abnegados hombres.

Terry Pratchett
Dedicatoria de ¡Guardias! ¿Guardias?*


Dormir con un ojo abierto no es descansar, digan lo que digan. A quien estableció en ocho las horas mínimas de sueño habría que hacerle un monumento… y algo más de caso.

Estaba tumbado con los ojos cerrados y lo oí, es poco disimulado intentar sorprender a alguien si llevas unos zapatos italianos y caminas sobre parquet. Cogí el móvil, llamé y empecé a vestirme formando esa escena que todos hemos sufrido alguna vez: el móvil ensandwichado entre la oreja y el hombro. Sé que me estáis buscando, pensé, pero si podéis situar la señal de un cincuenta y uno-diez merecéis cogerme. La técnica había evolucionado pero el truco era usar un móvil extinto.

Nokia 5110 en su versión con cámara.

- ¿Qué coño se supone que estás haciendo? – susurré mientras me ponía los calcetines.
- Estoy tomando un café, jefe. Es mi rato… mi rato libre. Eso. ¡Es mi rato libre!
Le conocí en el congreso de dentistas. Protegía a mi objetivo. Nuestra amistad empezó cuando le convencí de que tenía sus derechos y que no debía acompañar a su cliente a todas horas. En aquel momento fue una gran idea, que me permitió poder hacer mi trabajo.

- Quizás se te olvida pero… ¡se supone que me estás protegiendo! – no, no chillé, me quedé con las ganas mientras se acercaban los pasos.
- Y quizá no tienes en cuenta que tengo derecho a quince minutos libres por cada dos horas. Lo dice mi sindicato.
Era el presidente, fundador, secretario, tesorero, relaciones públicas y único elemento del sindicato de guardaespaldas.

- ¿Y? ¿Estás asociado contigo mismo? – susurré, mientras el ruido se acercaba, agradeciendo que el arquitecto hubiera visto las suficientes películas americanas como para poner escalera de incendios.
- Bueno… estamos empezando.
Seguramente, pensé, no perdería tiempo en preguntar y tiraría la puerta abajo. Llevaba demasiadas fugas in extremis como para andarse con chiquitas.

- Al menos… ¿puedes decirme la situación?
- Pues parece que el mister ha elegido una defensa de cuatro, formada por Ronaldo, Urdangarín, Indurain y Conchita Martínez.
Vale, no sabía de deportes, en su favor decir que yo tampoco, pero nos entendíamos. Ronaldo es el agente Pérez, un asentado gordito. Urdangarín e Indurain vinieron de la Ertzaintza siguiendo cada uno su historia de amor, descubrieron que su pubilla era la misma y decidieron que, en general como concepto, todo el mundo es bisexual y acabaron formando una pareja. Conchita, la fibrada subinspectora, joven, inteligente, bella y madre separada… era la única con algo de inteligencia del grupo. Lo que no comprendía es cómo me habían encontrado. Me aseguré de dejarme ver y coger habitación en otro hotel y, cada noche, aprovechaba un disfraz de pizzero para moverme a mi destino oculto.

- ¿Seguro que no te han seguido?
- No, jefe.
La maldición de la pantera negra. Fred, "el gran buda", murió tras una larga agonía. Todo el mundo le respetaba y amaba, pero nadie quería estar ahí en el momento de su traspaso ya que, antes, él traspasaría el símbolo del gremio de ladrones. Me aseguré de tenerla en mi bolsillo. Cinco centímetros de brillante jade negro, tallada perfectamente, una figura de una pantera en posición de ataque y con ella su mala suerte. Juraría que la cabrona me estaba mirando. Nadie tenía prisa por ser el nuevo líder, todos sabían el gafe que la acompañaba. Llevaba tres meses cargando con la maldita y mañana la entregaría a su destinatario, designado por minoría absoluta.

- Ojo, jefe, Conchita va por la retaguardia.
Subir a una azotea no es compatible con hablar por mi móvil. Al menos tenía suerte, siempre lo podía usar de arma arrojadiza.

Siempre podía usar un manos libres.

- Quedamos en el punto G.
Todos los puntos eran el mismo, pero tampoco era cosa de desanimar las paranoias o el erotismo veraniego. Me puse el mono y subí a la parte trasera del camión de basura gritando.

- ¡¡Vámonos, Sam!!
Reconozco que era lo menos disimulado del mundo, pero no nos pararon.

Al día siguiente estaba comiendo cuando entró Fernández.

- Buenos días, inspector.
- Comisario, ahora soy comisario – parecía poco sorprendido por mi presencia.
- Sube usted como la espuma...
- Bueno ya sabe que hay otras que también suben. Lo de siempre, gracias. ¿No tenía un guardaespaldas?
- Tiene una hora libre para comer, cosas de su sindicato ¿Le apetece tener nuestro momento Atrápame si puedes?
- No. Sé que esta mañana pasó usted la pantera negra al nuevo líder.
- Le veo bien informado. Así, pues, ya no tiene que seguirme. Pone usted excesivo celo en su trabajo. ¿Ya ve suficiente a su mujer? Ah, cierto… ella hace jornada extra en el juzgado.
- Y ha venido a mi bar favorito, me ha cazado… le veo bien informado, también. No, Sir Villet. Por ahora es libre. Pero no me extrañaría tener que perseguirle de nuevo.
- Lo dudo, ahora el zoo lo cuida otro.
- O poco me equivoco o lo pillaremos esta misma semana. Ya veremos, no todo el mundo es tan salamandra como usted.
- Me halaga, señor.
-Nos vemos, caballero.
Se bebió el café de un sorbo y se levantó.

- Pago yo.
- ¿Comisario? ¿Cómo sabían siempre mi posición?
- Bueno… había una vez un agente que tuvo la pantera durante unos minutos. Los suficientes para situarle un GPS.
- Si alguien hubiera conseguido eso, podría haber ascendido en cuestión de semanas a base de atrapar a los poco precavidos… hasta llegar a… quién sabe… ¿a comisario incluso?
Rió. Era la primera vez le veía reír.

- Pero si eso fuera así – continué - y alguien de mi gremio lo supiera podría anularlo. Y si alguno de los suyos lo supiera quizás le gustaría compartir honor y gloria con ese agente.
- Oh sí, ciertamente. Por suerte… nadie lo sabe.
Lo mejor que podía hacer era alejarme de Jimmy “el coletas”, nuestro nuevo líder. Cuanto más lejos mejor. Aposté en la porra que tardarían una semana máxima en pillarle y quedé para ajustar cuentas.

- … le falta parte del pago, jefe.
- No, me niego. Por ahí no paso. Podrías tener en cuenta nuestra adolescente amistad.
- Ya sabes que me obliga mi sindicato.
- Hay algo que no me convence de todo este rollo del sindicato.
- Bueno… si te sirve de consuelo… no es idea mía, es de mi primer asociado… y tampoco es cosa de llevarle la contraria… ¿no?
- Eso es lo que no me convence: tu primer asociado.
Le miré. No daría su brazo a torcer, le conocía. Así… cogí aire e intenté entonar lo peor que pude.




*Sí, la traducción original es ¡Guardias! ¡Guardias! Pero la edición de Martinez Roca la cambiaba para mejor.

2 comentarios:

Antígona dijo...

Estimado Sir Villet,

¡pero a quién se le ocurre contratar a un guardaespaldas sindicalista! Entiendo que los villanos suelen tener, bien escondido, un corazón grande y generoso pero... ¡en su profesión no caben sentimentalismos!

Debería pensarse si no le convendría contratar, para próximas misiones, a la Dra. No (ya sabe, la prima del Dr. No), infalible en estos casos.

Espero impaciente el libro de sus memorias, del que me imagino que este relato debe de formar parte ;)

A sus pies

Duschgel dijo...

"Todos los puntos eran el mismo, pero tampoco era cosa de desanimar las paranoias o el erotismo veraniego"

"Bueno ya sabe que hay otras que también suben."

¿Es esto un relato erótico encubierto? ¿O me he perdido en la trama? ;)

A sus pies, también